Narrador interno:
ya lleva quince días
Angélica sin venir, es bien extraño, yo no tengo humor ni para mi diario, no duermo
ni estudio, ni puedo hacer nada en paz.
Antes me desvelaba
solamente cuando ella venía y me abrazaba o cuando tenía una mala noticia ella; pero
ahora es lo de todas las noches, lo de todas las noches de Dios… si ni siquiera
puedo escribir. Y es que, como no duermo, tengo la cabeza
abombada y no se me ocurre sino estar triste. Y me duele el corazón… ¡mi
Angélica, mi Angeliquita, ven, ven, ven… ¡
Narrador testigo:
“lo vi. Desde que
se zambulló en el río. Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriendo abajo,
sin manotear, como si caminara pisando en el fondo, después rebalso la orilla y
puso sus trapos a secar, lo vi. Que temblaba de frío, hacía aire y estaba
nublado”.
Narrador externo:
Había una vez un
niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera
despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la
escuela, que veían en él –y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no
podían escucharlos– un nuevo David.
Pasó el tiempo
Cansado del tedioso
tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o
pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra
los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en
adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial
contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos
sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el
susto y la violencia de la pedrada.
David corría
jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.
Cuando los padres
de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le
dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y
convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se
arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente
sobre los otros niños.
Dedicado años
después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a
general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y
seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una
Paloma mensajera del enemigo.
Narrador objetivista:
El jugador estrella
salió al campo con un zapato de cada color, con los colores de su equipo,
exaltando su presencia e intimidando a sus contrarios.
Al iniciar el juego
encontró a su antagonista, el capitán del equipo contrario, se trataba de Luis
Tejada, el jugador marcado con el número 11.
Ahora José
Maldonado “el Gallo” con sus zapatos de colores, se vio enfrentado a su natural
contrincante.
Ahora en el primer
tiempo, el marcador se mantuvo en ceros, enfrentándose los equipos rivales “Los
Ángeles de san Carlos” y “Los tucanes de Naucalpan”
Pero al iniciar el
segundo a tiempo se bautizó el marcador con una anotación de los Ángeles,
quienes abrieron el marcador al primer minuto del segundo tiempo, las ágiles
piernas de Luis Tejada estrellaron el balón dentro de la portería aprovechando
un descuido del guardameta.
La segunda
anotación se produjo nuevamente por Luis Tejada quien anotó en último momento
al cobrar un tiro de esquina, habiendo superado la elevada estatura de sus
contrincantes y mostrando que la habilidad y coraje son más que suficientes
para ganar una partida tan importante.
